viernes, 24 de abril de 2009

Consecuencias de la 1ª Guerra Mundial, Semana 11

Con el tratado de Versalles en 1919 se puso fin a la Primera Guerra Mundial, que trajo consigo numerosas consecuencias demográficas, sociales, políticas y económicas.
Desde el punto de vista demográfico, perdieron la vida más de 9 millones de personas entre población militar y civil, que equivale al 7% de la población europea existente antes de la guerra. La mayoría de los fallecidos eran de edad joven, con lo que la reproducción de la siguiente generación se vió afectada. A estas cifras hay que añadirle además el déficit de nacimientos que se produjo en los años de enfrentamiento.
Las consecuencias económicas tras la guerra fueron diversas: como su financiación fue principalmente a través del endeudamiento -en forma de bonos de guerra y de préstamos al exterior-, se generó tal volumen de deuda que los países se vieron forzados a incrementar su oferta monetaria para hacer frente a ella. El valor nominal de los billetes se disparó y ante el temor de no poder asegurar la convertibilidad de los billetes en oro por la falta de divisas, se abandonó el patrón oro. Eso provocó una fuerte inflación, una depreciación de la moneda nacional y un incremento del déficit pressupuestario en numerosos países, que desembocó en una grave crisis. Sin embargo, la recuperación económica fue mucho más dura para los países vencidos -especialmente Alemania-, ya que se les impuso la obligación de sufragar los costes de la guerra (reparaciones de guerra).
Países como Bélgica, Francia y Alemania perdieron importantes cantidades de activos y de capital; los países beligerantes sustituyeron su producción industrial habitual por la producción de bienes militares originando excesos de stock de acero, maquinaria y bienes de la industria naval tras la guerra así como también la pérdida de competitividad de determinados productos.
Además, la guerra había estimulado industrias sustitutivas de importaciones en los países participantes, con lo que el comercio se retrajo significativamente.
Socialmente, el conflicto sirvió para concienciar a las clases trabajadoras de su precaria situación y que se movilizaran en defensa de la democracia y la igualdad.
Y desde un punto de vista político, la guerra consagró aún más el enfrentamiento y el odio entre Alemania y Francia; y el territorio austrohúngaro desapareció dando lugar a Austria, Hungría, Checoslovaquia y Yugoslavia.
Los países involucrados tuvieron ciertas dificultades para recuperar los niveles económicos anteriores al conflicto. La prioridad de los Gobiernos fue reincorporarse al patrón oro, pero no todos los países lo hicieron del mismo modo ni tuvieron el mismo éxito. Mientras Gran bretaña optó por mantener la paridad con el oro de antes de la guerra, Francia la mantuvo por debajo mediante la devalución de su moneda. Y Alemania se vió forzada a a crear una nueva moneda debido a la hiperinflación que sufrió.
En cambio, los países neutrales resultaron muy beneficiados de la guerra, pues tuvieron su oportunidad de oro para exportar sus productos, internacionalizarse y conseguir múltiples ganancias con la concesión de créditos.

Por lo tanto, podemos concluir que la Primera Guerra Mundial supuso el fin del liderazgo de los países europeos en la economía mundial fortaleciendo a su vez la posición de otros países como los Estados Unidos y Japón. A partir de ese momento, el dominio del mundo pasó a manos de los americanos, que han mantenido su hegemonía hasta la actualidad. Pero ahora cabe plantearnos si esta situación se mantendrá en el futuro debido a la crisis económica actual y al surgimiento de economías emergentes como China. Además, la experiencia histórica nos muestra que todo conflicto siempre desencadena más pérdidas que ganancias. La mayoría de conflictos se originan por motivos económicos o rivalidades políticas entre países, pero al final siempre se acaba estando en peores condiciones a las anteriores a la guerra.

jueves, 16 de abril de 2009

El patrón oro y la 1ª Guerra Mundial, Semana 10



Esta semana hemos visto el sistema internacional de pagos instaurado por Inglaterra a mediados del siglo XVIII: el patrón oro.
Debido al gran volumen de transacciones comerciales que se producían entre países fue necesario establecer un sistema monetario basado en el dinero fiduciario, es decir, aquel con un valor nominal superior al real. El patrón oro permitía convertir en oro el papel moneda existente y cada Banco Central tenía la obligación de establecer una paridad fija entre la moneda en circulación y el oro. El dinero bancario aumentó de forma espectacular en esa época (entre 1815 y 1913, los billetes bancarios se multiplicaron por 14 y los depósitos a la vista por 50) a causa de las grandes ventajas que ofrecía: permitía aumentar la oferta monetaria nacional y realizar transacciones sin necesidad de utilizar ningún instrumento de pago tangible.
Se creía que con el patrón oro se reajustarían los desequilibrios en la balanza de pagos de forma automática mediante las entradas y salidas de reservas de oro, los precios y los tipos de interés, pero en la realidad no fue así. El sistema dependía mucho del banco central británico y de la cotización de la libra esterlina en los mercados.
Pero a pesar de todo, el patrón oro resultó ser el mejor de los existentes hasta entonces y enseguida fue adoptado por el resto de potencias económicas: Francia, Alemania y EE.UU.
El patrón oro estuvo vigente hasta 1931.


Hoy en día es inimaginable una economía sin dinero fiduciario. La gran cantidad de transacciones tanto comerciales como de capital que se llevan a cabo entre países hace imprescindible disponer de dinero bancario y de una gran variedad de medios de pago. Los depósitos a la vista o cuentas corrientes permiten realizar pagos por transferencia bancaria, que la moneda siga estando en los bancos y que éstos puedan seguir concediendo créditos. El resultado es un aumento en la velocidad de circulación de la moneda y la creación de dinero. Por tanto, podemos concluir que la existencia de dinero fiduciario permite que se produzca un crecimiento económico; de lo contrario, la escasez de moneda podría disminuir la actividad económica y provocar una caída de precios así como también un encarecimiento de los créditos.


También se trató el desarrollo de la 1ª Guerra Mundial (1914-1918). Se habló de los antecedentes -principales rivalidades entre países de la Europa Occidental-, y del desencadenante del estallido de la guerra: el asesinato del heredero Austrohúngaro en Bosnia por parte de los serbios. Se crearon dos bloques: la Triple Alianza -Alemania, Austria e Italia- y el Triple Entente -Reino Unido, Francia y Rusia-, que resultaron vencedores del conflicto cuatro años más tarde. Este duro enfrentamiento involucró a más de 32 países del mundo y tuvó graves consecuencias demográficas, sociales y económicas.

miércoles, 8 de abril de 2009

Movimientos internacionales de trabajo y capital, semana 9


A lo largo del siglo XIX, se produjo la mayor emigración de la historia. Factores políticos, religiosos pero principalmente económicos, hicieron que más de 44 millones de europeos y 11 de no europeos emigraran hacia otros países en busca de una vida mejor. La mayoría de emigrantes fueron ingleses (36%) e italianos(18%) y el principal destino fue Estados Unidos.
Resulta sorprendente que la población inglesa fuera la que más emigró, ya que en esa época Inglaterra era la mayor potencia económica del mundo y gozaba de altos niveles de crecimiento. Pero si tenemos en cuenta que no todas las regiones del país se industrializaron de la misma manera, que la mecanización en el campo destruyó gran parte de la mano de obra agrícola y que ésta no pudo ser absorbida por la industria, ya no nos resulta tan insólito. Esta masiva emigración significó una menor presión demográfica y un aumento de los salarios per cápita en los países de origen.

Además de movimientos del factor trabajo, en esta época también se produjeron importantes movimientos de capital, es decir, inversiones en el exterior por valor de 4.000 millones de libras esterlinas. Tanto el sector de la industria como la urbanización y las plantaciones coloniales necesitaban grandes inversiones de capital para tirar adelante y eso hizo que a principios del siglo XX se empezaran a realizar inversiones en el extranjero. Los mayores inversores fueron Reino Unido (40%) y Francia (20%) y sus principales destinos fueron el resto de Europa y América del Norte (51%). Estos altos porcentajes de inversión extranjera explicarían la decadencia posterior de estas economías, que estuvieron más pendientes del progreso exterior que del propio. En cambio, países como Alemania o EE.UU apostaron por invertir mucho más en su propio territorio y eso les convirtió en el largo plazo en las mayores potencias económicas.

La crisis económica actual hace plantearnos la posibilidad de que se repita un fenómeno similar de emigración europea. Muchas empresas y entidades financieras están desapareciendo o se encuentran en una difícil situación económica, hasta el punto que algunas de ellas se ven obligadas a reducir la producción, a depender de la ayuda Estatal e incluso a recortar plantilla. Eso provoca que muchas famílias se vean envueltas en una complicada situación que finalmente les lleve a emigrar. Sin embargo, no hay que olvidar que gran parte de estos países ya han finalizado su transición demográfica, por lo que su población está estancada y el propio sistema económico es capaz de sostener a la población aunque nos encontremos en una situación de crisis. Por lo tanto, es muy improbable que vuelva a suceder un fenómeno parecido en la actualidad, o por lo menos, que se produzca con la misma intensidad de entonces.